Travesía nocturna
04/03/2010
Cae la tarde en el Puerto de Castellón. La dársena interior se tiñe de tostados, rojos y amarillos. Aparejamos el barco, soltamos los cabos, preparamos manillas y maniobras, el ‘Leviatán’ se dirige a la bocana.
Hoy el destino es Columbretes, las míticas Columbretes varadas en medio del mar, un gigante dormido que nos espera como en mitad de un sueño, en medio de la noche. Hemos montado una tripulación de ‘amigos’ para disfrutar y para sentir el viento en la cara, con Nacho como puntal, porque esta vez si podemos, ganamos la regata: Paco Álvarez, el armador y el patrón del barco; Juan Carlos Enrique, un enamorado del mar y mi compañero en la emisora de radio; Nacho Orti, el mejor navegante de altura que he conocido nunca y nuestra mejor garantía… y yo, que apenas puedo contener la emoción de participar en una regata nocturna que me va a llevar de nuevo a mi paraíso en el Mediterráneo.
Izamos la mayor y poco a poco soltamos el génova. Es un Jeanneau Sun Fast 42, con bañera amplia, cómoda y sencilla modelo regata. El patrón, Paco Álvarez controla el timón y Nacho Orti deja preparada la maniobra del spi, trima las velas y se hace cargo de la mayor. Estamos en regata. Una regata mítica, emblemática, tranquila, para navegantes serenos. Nuestro reto será recorrer las 31 millas náuticas que separan Castellón de la Illa Grossa (Columbrete Grande), con rumbo 098º, dejarla a nuestro estribor, bordear la isla y retornar de nuevo a puerto, pasando por delante de la Ferrera, que dejaremos a babor, para retornar de nuevo a Puerto, esta vez a rumbo 278º. En total recorreremos entre 65 y 66 millas náuticas a rumbo directo. Algunas más en función de la dirección del viento y los bordos.
Juan Carlos y yo tenemos que ocuparnos del génova. Nuestro mayor trabajo se desarrolla durante la salida, para dar los bordos precisos y atravesar la línea del Comité cuando se agote la cuenta atrás. Después, si el viento se mantiene, subiremos el spi e intentaremos ir a rumbo directo. Mantener el spinaker es cosa de Nacho.
Es primavera y hay poco viento. La brisa costera ha dado paso al terral del suroeste que nos impulsa en las primeras millas. Hemos enrollado el génova y hemos levantado el spi, que Nacho controla con mano experta, para aprovechar el viento de aleta. Yo se que el viento va a caer poco a poco, a medida que nos alejemos de la costa, a medida que se pierdan de vista las chimeneas de Iberdrola, a medida que el sol se esconda poco a poco tras el horizonte, como una bola ardiente y roja sobre un mar llano, con poca ola y corta.
Y mis previsiones se cumplen. Tal como cae la noche el viento se queda en una brisa tan suave que apenas alcanza los 5 o 6 nudos (de 7 a 11 km./hora) de dirección suroeste. No hay prisa. El ‘Leviatán’ es ligero. El spinaker se funde con el cielo levantado en el aire. Los 12,70 metros de eslora se deslizan sobre el mar. Parece como si la noche lo sumergiera en el mismo sueño que esconde las islas y la luna comienza a aparecer sobre el horizonte y a reflejarse sobre sus velas.
Es curioso, durante las primeras millas se cuentan miles de cosas, se recuerdan las mejores anécdotas, las travesías más siniestras y las más divertidas, pero tal como la oscuridad se establece alrededor, el silencio hace mella también en la tripulación.
Nacho y yo hemos traído un pollo asado, tenemos pan ‘de pueblo’, el mejor queso y jamón de Paco, y el mejor vino de Juan Carlos, pero el mar actúa como un inmenso imán, como las llamas de una chimenea cuando se prende el fuego. Es casi imposible apartar la vista de las velas y del horizonte, del reflejo de la luna. Es una sensación indescriptible poder escuchar el suave compás del roce de las olas a medida que la proa del barco se abre paso en la oscuridad, en lo que parece un rumbo a ninguna parte. No es una regata larga, no hemos establecido guardias, solo vamos a Columbretes y mañana a medio día ya estaremos en casa…
Columbretes… la primera vez que pude contemplarlas las divisé desde el aire, en un viaje programado por la Generalitat Valenciana en la primavera de 1989 para conmemorar el Día del Medioambiente. Acababan de convertirlas en Parque Natural, lo que significaba que nadie más las bombardearía ni las utilizaría como campo de tiro de las fuerzas aéreas, americanas o españolas. Eso si, desde entonces están tan protegidas que apenas puedes mirarlas sin temor a dañar su precario ecosistema, con una estricta normativa que regula los usos y visitas, tanto en tierra como en el mar y en sus increíbles fondos marinos.
Están encuadradas entre los paralelos: 39º 51’ y 39º 55’ de latitud norte y los meridianos: 0º 40’ y 0º 42’ de longitud este. Con una superficie global de 4.400 ha, pertenecen al término municipal de Castellón. El archipiélago se extiende a lo largo de 5 millas marinas, con 19 hectáreas emergidas, 14 de las cuales corresponden a la Illa Grossa (Isla Grande).
Desde el aire se aprecian fundamentalmente los islotes más grandes que dan nombre a cuatro conjuntos volcánicos. La más grande, con forma de media luna abierta hacia el este (resultado de sucesivos cráteres de erupciones volcánicas), es la Illa Grossa o Isla Grande, único espacio habitado, a cuyo lado, en el extremo sur, cerrando el arco, se encuentran varios islotes de gran tamaño: ‘La Señoreta’, el ‘Mascarat’ o ‘Mancolibre’.
Al oeste de la Illa Grande está la Ferrera; más al sur, la Foradá (o Foradada, por la obertura que presenta como un arco). Y en el extremo noroeste, el Carallot o Bergantí, que debe su nombre a su forma y su altura, como el palo que sobresaliera de un bergantín hundido, que se eleva a 32 metros sobre el mar y que no es sino el resto de la chimenea central de un volcán.
Alrededor de los cuatro islotes principales se agrupan pequeños escollos, muchos semi sumergidos en el mar. Las rompientes definen las formaciones más pequeñas que sobresalen desde el fondo y que algunos días dejan al descubierto espacios minúsculos donde se posan las aves que miran curiosas hacia el horizonte.
Después he tenido ocasión de visitarlas muchas veces durante el día y siempre me impresionan. Cuando te acercas desde la costa, apenas percibes en el horizonte una extensión irregular, aplanada, más elevada en sus dos extremos norte y sur, que es la Illa Grossa; y tres pequeños salientes, que se corresponden con la Ferrera, la Foradá y el Carallot.
Poco a poco, conforme se acorta la distancia, las islas se definen y se reconcilian con el paisaje y, entonces, su belleza impregna la vista y satura los sentidos. Desprenden una magia especial que en los días soleados puede resultar cautivadora y apabullante pero que también puede poner los pelos de punta cuando el temporal se cierne sobre las islas. Esta es la primera vez que las voy a ver de noche.
El silencio ha hecho mella de la tripulación. No dormimos, solo estamos concentrados en la navegación. Nacho ha afirmado el spi con un cabo para mantenerlo estable y Paco controla el rumbo continuamente para mantener la tensión de la vela.
Estamos a menos de tres millas náuticas de la Illa Grossa. Juan Carlos contacta con el Comité de Regata y con la Guardería de Columbretes para dar aviso de nuestro paso. El amanecer todavía no ha pintado el cielo, a nuestro estribor se levanta la Illa Grossa.
Nos acercamos a su vértice norte, debajo de la zona más elevada de la isla que es como un inmenso acantilado en cuya cima, a 67 metros de altura, está situado el faro. Está oscuro, es como si un gigante enorme nos engullera de pronto. Pero lo más impresionante son las gaviotas. Yo no se si duermen alguna vez o siempre están en vela, pero miles de chillidos impregnan el aire como si todas al unísono gritaran una y otra vez ‘agua’ ‘agua’. Resulta ensordecedor.
Arriamos el spi, desenrollamos el génova, preparamos las maniobras. El viento se ha quedado casi parado porque estamos bordeando la isla y el viento nos hace guiños. La isla entera nos abre su ensenada, Puerto Tofiño, que en contra de lo que se piensa no es un puerto de refugio, aunque si resulta muy agradable de visitar cuando el tiempo está en calma en los días soleados de verano. Hoy el tiempo es apacible, pero cuando se levanta el temporal la bahía puede convertirse en una peligrosa trampa. Si sopla temporal de gregal (nordeste) y entras buscando protección puedes quedarte atrapado.
Y luego están los fondos irregulares, los escollos que surgen desde el fondo del mar hasta rozar la superficie. Uno en concreto, el ‘trencatimons’ (rompe timones), es como una chimenea puntiaguda que apenas asoma en el agua y resulta muy peligroso si navegas por Puerto Tofiño sin una carta que te muestre el camino.
En los meses de verano la bahía se llena de barcos. Veleros, barcos a motor, las golondrinas de Peñíscola o Castellón, los charter de visita o de buceo… Está prohibido tirar el ancla y fondear en Columbretes. Es Reserva Marina y el Ministerio tiene dispuestas 16 boyas con tren de fondeo en diferentes puntos de la Illa Grossa, delante de la Ferrera y de la Foradá donde puedes amarrar, siempre que haya disponibilidad. Previo permiso y sin sobrepasar el cupo diario puedes visitar la isla, pero para ello tienes que utilizar una lancha neumática que te acerque hasta la escalera de Puerto Tofiño, único punto donde se puede desembarcar, donde un monitor te espera y te acompaña por un sendero pavimentado que únicamente recorre parte de la Illa Grossa desde el centro hasta el extremo norte, el Punto de Información de la Conselleria de Medioambiente y el Faro.
Esta noche vamos de paso. Pasamos frente a la entrada de la ensenada y me fijo en las señales. No son las luces de una entrada a puerto con la verde a estribor y la roja a babor. Están situadas al revés. La roja a estribor y la verde a babor. La razón más lógica es que no señalizan la entrada a Puerto, porque de puerto, Tofiño solo tiene el nombre, sino la posición de la isla… y porque según cuentan mis compañeros del Náutico de Castellón, se ajustan al sistema de señalización de la marina americana, en posición contraria a la de los países que, como el nuestro, firmaron en la década de los 70 el Tratado Internacional de Señales. De todas formas, los mal pensados piensan que también así…. los navegantes pasan de largo y no penetran en el ecosistema de las islas.
Rodeamos el ‘Mancolibre’ el último peñasco que cierra el arco de la Illa Grande. Está amaneciendo y el cielo se tiñe de rosa. Ahora estamos al amparo del extremo sudeste de la Illa Grossa, y por entre el 'Mancolibre', ‘La Señoreta’ o ‘el Mascarat’ podemos ver como el faro se recorta imponente en el otro extremo de la isla. Las gaviotas nos observan pero ya no chillan tan desaforadamente o no nos impresionan tanto. Todavía no ha salido el sol pero las islas se divisan en toda la plenitud. Ponemos rumbo oeste. Para llegar a Castellón debemos navegar al 278º. Tenemos que pasar por delante de la Ferrera y estamos atentos a las cartas náuticas. Hay zonas de fondos muy irregulares. No vamos a cercarnos al Carallot, pero si lo hiciéramos deberíamos controlar el calado de nuestro barco, la profundidad de la zona para no encallar en ningún escollo.
La brisa sopla ahora de norte nordeste. Llevamos un rumbo de través – largo, con el Génova abierto con la intención de subir el spi. Hemos desayunado como señores. El café que se conservaba todavía algo caliente en el termo y algo más sólido para sentar el estómago.
Miro hacia detrás y veo como la Illa Grossa me dice adiós por el espejo de popa.
Casi no puedo imaginar como pudieron sobrevivir allí los primitivos fareros y sus familias que habitaron al isla entre 1856 y 1976. Con el agua potable recogida de la humedad y la lluvia. Algunos con sus familias y muchos con sus animales domésticos, gallinas, cabras o conejos. ¡Así pasó lo que pasó!. Primero quemaron la isla para acabar con las serpientes que la poblaban pero luego la agresión del hombre fue mortífera, apenas quedó un risco alargado, de carácter volcánico que se va quedando sumergido poco a poco en el horizonte.
Como siempre que dejo atrás las Columbretes una tristeza me llena el alma. Vuelvo a casa, pero la magia del archipiélago me ha vuelto a calar hasta lo más hondo. Posiblemente pueda volver en verano, a bordo de un barco amigo, en una golondrina o con el Comité de Jueces de la Pesca del Atún del Costa Azahar de Castellón en un campeonato en el que ya nos e pueden capturar atunes y tiene prohibido pescar en Columbretes…
Quizá con Juan Carlos, que es un submarinista experto y vuelve cada verano para surcar los fondos marinos con el Club de Buceo de Barracuda… Pero la próxima vez será otra vez diferente y yo se que me volveré a enamorar de Columbretes.
Todos sentimos el mismo nudo en el estómago, pero con el día vuelven las ganas de hablar y tal como el sol se alza más y más en el cielo y el archipiélago se queda cada vez más atrás, llenamos nuestra nostalgia con recuerdos y anécdotas de las muchas horas navegadas. Como siempre salen a relucir las ‘pifiadas’ de cada uno… Cuando se me enrolló el spi en el stay una noche en medio de una regata de vuelta de Ibiza y tuvimos que dar hasta cinco vueltas sobre nosotros mismos para deshacer el entuerto… ¡ese recuerdo me va a perseguir de por vida!. Cuando ‘tiramos las tripas’ y le dimos de comer a los peces en una travesía con algo de temporal… o cuando nos quedamos ‘encalmados’ durante horas en medio de una travesía de 80 millas en la misma bocana del puerto de Castellón y nos adelantaban hasta las peladillas de los cacahuetes que nos comíamos… La mejor regata, es la que se puede contar con al sonrisa puesta.
El viaje de vuelta es ligero, llevamos el viento en la aleta, hemos izado spi y navegamos con comodidad. Se nos van agotando las provisiones y ya estamos pensando en el aperitivo de media mañana…
A lo lejos se divisan las chimeneas de Iberdrola. ¡Es inconfundible! Estamos llegando al Puerto de Castellón. De nuevo Juan Carlos comunica la posición por radio al Comité. El canal de entrada está balizado con verde a estribor y rojo a babor. La línea de meta, es el farito del espigón… ¡Atención! Cuidado con la maniobra, baja el spi, desenrolla el génova. ¡Esa maniobra! que parece que estéis dormidos!
¡Ostras! Esta vez… ¡tampoco hemos ganado! Por muy poco… pero ha sido culpa de la caída del viento, la compensación de tiempos, el maldito rating (factor de compensación para el cáculo de clasificación en una regata)… ¡La próxima seguro que será la nuestra!.
Texto y fotografía: Esperanza Molina